sábado, 12 de noviembre de 2011


Nunca una sorpresa. Nunca nadie se interesa. Me encanta sorprender a los que quiero, ver sus caras de felicidad cuando les das algo que no esperaban. Ese extra, ese plus. Desde chica esperaba una fiesta sorpresa. Que me saquen de mi casa, me distraigan, y cuando vuelva estén todos esperándome. Y griten juntos la palabra mágica al abrir la puerta: Sorpresa. Yo se por qué me pasa eso. Muchas novelas, muchas películas. Pero una de las cosas que más me gustan de la vida es que me sorprendan. Y en los dieciocho años de vida que hoy tengo, no recibí nunca una. Alguien que me regale algo que tenga un valor afectivo, no material. Que lo haga con sus propias manos, que se esfuerce para conseguirlo. Algo que yo quiera desde mi corazón, que me guste por lo que me transmite y no por lo que vale. A veces pienso que nadie puede sorprenderme porque nadie me conoce demasiado. Nadie sabe con qué. Y los pocos que saben no ponen su cuota de esfuerzo. Tal vez la plata, los regalos caros, sea el sentido de los cumpleaños para los demas. Para mí no. Nunca recibí un regalo sorpresa. Y ya el materialismo me está cansando. Hoy, un año más de vida, y sin sorpresas.

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